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Artículos · Entender Primero

Mi hijo se dormía media hora antes con su madre. Y yo tenía un planning estupendo.

Conmigo todo iba en orden: ducha, dientes, pis, juego, cuento y dormir. Con su madre podía cambiar el orden y encima se dormía media hora antes. Mi orgullo sigue recuperándose.

20 de octubre de 20266 min de lecturaPor Manuel García

Ducha, dientes, pis, juego, cuento y dormir.

En ese orden.

No era tan complicado, ¿verdad?

Yo había organizado la rutina de la noche de mi hijo para que supiera qué venía después. Nada de sorpresas, nada de improvisaciones y, en teoría, menos discusiones.

No utilizaba pictogramas. Nunca los he utilizado. Pero sí empecé a preparar una especie de planning con las cosas que íbamos a hacer.

Y funcionaba.

Bueno, funcionaba en el sentido de que mi hijo sabía perfectamente lo que tocaba.

Otra cosa era conseguir que se durmiera.

Lo teníamos todo organizado. Sobre todo yo.

Ahora sé que mi hijo tiene TEA grado 1. Es muy literal, los cambios pueden costarle y, cuando algo tiene un orden establecido, no siempre resulta sencillo cambiarlo.

Por eso empecé a organizar las rutinas.

Me parecía lógico. Si sabía qué iba a pasar, habría menos incertidumbre y todo resultaría más fácil.

Y durante un tiempo estuve bastante satisfecho con mi invento.

Hasta que descubrí lo que pasaba en casa de su madre.

Allí también había ducha, dientes, cuento y cama.

Pero no necesariamente en ese orden.

A veces la ducha iba después de los dientes. A veces no había juego. El cuento, eso sí, era innegociable antes de dormir.

Y mi hijo lo aceptaba.

Sin montar una revolución.

Sin exigir que se respetara el orden que yo había establecido.

Y, para terminar de hundir mi orgullo de padre organizado, con su madre se dormía media hora antes.

Media hora.

Treinta minutos preciosos.

Mientras tanto, yo seguía en casa rezando para que se le acabaran las pilas durante el tercer salto mortal sobre la cama.

Naturalmente, intenté copiar la idea

Porque tampoco soy tonto.

Si con su madre se dormía antes, había algo que merecía la pena probar.

Así que una noche intenté cambiar el orden.

Quizá podíamos saltarnos el juego, adelantar el cuento o hacer alguna cosa de otra manera.

Mi hijo me recordó inmediatamente que no.

Que primero tocaba una cosa, después la otra y luego la siguiente.

El planning.

Mi propio planning.

Ese invento maravilloso que yo había preparado para facilitarle las cosas acababa de convertirse en un documento que mi hijo parecía dispuesto a defender ante cualquier tribunal.

«Pero si con mamá lo haces de otra manera…».

Argumento completamente inútil.

Con mamá, sí.

Con papá, no.

Y yo empezaba a sospechar que el problema no era exclusivamente su dificultad para cambiar las cosas.

A ver si el rígido voy a ser yo

Aquello me dejó pensando.

Yo había creado una estructura para ayudarle. Y seguramente le había ayudado.

Pero también había sido bastante inflexible con ella.

Ducha, dientes, pis, juego, cuento y dormir.

La receta estaba escrita y yo me encargaba de que no faltara ningún ingrediente.

Mientras tanto, su madre había conseguido algo que yo no: que aceptara cierta flexibilidad.

No significaba que allí no hubiera rutinas. Las había.

Ni que mi hijo hubiera dejado de necesitar saber qué iba a pasar.

Pero podía aceptar que algunas cosas cambiaran de orden, que otras no se hicieran y que el cuento siguiera estando ahí antes de dormir.

Y conmigo no.

Lo curioso es que yo estaba intentando enseñarle a manejar mejor los cambios mientras defendía mi organización como si alterar el orden de los dientes y la ducha fuera a provocar el hundimiento de la civilización.

Mi yo del futuro tendría que haber aparecido en aquel baño para darme una colleja.

Aunque posiblemente yo le habría contestado que las collejas no estaban previstas hasta después del cuento.

Dos casas y un niño que conoce perfectamente las dos

Una de las cosas que más me sorprendió fue descubrir que mi hijo no confundía las rutinas.

Sabía cómo funcionaban las cosas con su madre.

Y sabía cómo funcionaban conmigo.

Con ella podía aceptar ciertos cambios. Conmigo esperaba que cumpliéramos el orden establecido.

¿Se había acostumbrado tanto a mi manera de organizarlo que le costaba aceptar otra?

¿Había encontrado su madre una forma de introducir cambios que yo todavía no sabía utilizar?

¿O simplemente cada uno habíamos construido una rutina diferente con él?

No lo sé del todo.

Pero sí sé que aquello me hizo mirar mi propio planning de otra manera.

Porque una cosa es darle seguridad a un niño que necesita anticipar lo que viene.

Y otra es que acabemos construyendo una rutina tan perfecta que ni nosotros mismos sepamos cómo salir de ella.

Y sigo sin ganar esos treinta minutos

A día de hoy no he conseguido que se duerma a la misma hora que con su madre.

Ni siquiera he logrado cambiar el orden de las cosas como ella.

Y mira que me vendría bien.

Porque cuando llega la noche y mi hijo todavía tiene energía para participar en unas olimpiadas sobre el colchón, yo ya estoy pensando seriamente en consultar el manual de instrucciones por si olvidaron incluir el botón de apagado.

Pero hay algo que sí he aprendido de aquella diferencia entre las dos casas.

Que mi hijo podía ser más flexible de lo que yo creía.

Que quizá yo había confundido ayudarle con organizarle demasiado.

Y que una buena idea de su madre no ponía en duda mi forma de cuidarlo. Podía enseñarme algo que yo todavía no sabía.

Lo cual es muy bonito de decir.

Otra cosa es conseguir hacerlo a las diez de la noche, cuando llevas tres cuentos, cuatro recordatorios y un niño que acaba de descubrir una nueva modalidad de salto en cama elástica.

Sigo teniendo mi planning.

Sigo intentando ponérselo fácil.

Y sigo preguntándome cómo demonios consigue su madre esos treinta minutos.

A lo mejor algún día descubro su secreto.

Aunque sospecho que, cuando lo descubra, mi hijo me dirá que con papá no se hace así.

coparentalidadnormas en casarutinas familiares

Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.

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Niños sensibles: Rutinas que ayudan

El planning nocturno, los cambios y lo que ocurre cuando la rutina funciona demasiado bien: de ese territorio sale este libro.

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