Sobre mí

Escribo lo que me habría venido de maravilla leer antes de meter la pata.

Soy Manuel García. No tengo bata, método infalible ni una frase preparada para cada rabieta. Tengo un hijo, bastantes escenas repetidas y una colección bastante digna de errores que, con el tiempo, empezaron a enseñarme cosas.

Escribo como padre y autor, no como psicólogo, pedagogo ni profesional sanitario. Cuando una situación necesita valoración clínica o apoyo profesional, esta web y mis libros no sustituyen esa ayuda.

Yo también empecé sin saber exactamente qué estaba pasando.

Esta web nace de mi experiencia como padre. Primero vi pequeñas cosas que se repetían: dificultades para enlazar unas tareas con otras, esperar, seguir el orden de una fila, aceptar algunos cambios, entrar en el juego con otros niños o entender ciertas situaciones. Fui observando, equivocándome y probando maneras de ayudar. En nuestro caso sí llegó un diagnóstico, pero llegó después, cuando muchas de aquellas piezas empezaron a tener una explicación.

Pero estas eran nuestras señales, no una lista para diagnosticar a otro niño. Cada niño puede mostrarlas de una manera distinta, tener otras completamente diferentes o no tener ninguna de estas. Cada niño es único y especial.

Al mío, por ejemplo, no le dio por los dinosaurios, que parece casi requisito administrativo en algunas conversaciones sobre autismo. Le encantan los gatos.

No hace falta que tu hijo tenga un diagnóstico para que algo de aquí os sirva. Muchas de las herramientas nacieron porque en casa algunas situaciones eran especialmente intensas, pero eso no las convierte en exclusivas del TEA. Entender qué hay detrás de una conducta, anticipar un cambio, prestar palabras cuando faltan o intentar descubrir qué está haciendo que un día sea más difícil puede ayudar en muchas familias.

Quizá tu hijo no llore media hora porque la cajera del Mercadona no le ha dado los buenos días. Mejor para todos, incluida la cajera. Pero preguntarte por qué hoy está más sensible, más enfadado o menos disponible no le va a hacer ningún daño. La intensidad puede ser distinta. La necesidad de sentirse comprendido no lo es tanto.

Algunas cosas que cuento nacieron de situaciones muy concretas, pero la idea que hay detrás puede ser mucho más amplia. El «molde», por ejemplo, no sirve solo para hablar de autismo: cualquier niño puede estar mejor en un entorno donde se le pide de una forma que entiende, donde hay espacio para ser quien es y donde no se convierte cada diferencia en una corrección.

Aquí cuento lo que a nosotros nos ayudó y comparto recursos sencillos para situaciones cotidianas. Está especialmente cerca del TEA grado 1 y de perfiles con necesidades relativamente leves, aunque algunas escenas pueden resultar familiares en niños muy sensibles o con dificultades de atención o regulación. No es una guía para diagnosticar TEA, TDAH ni ningún otro trastorno. Cuando las necesidades son distintas o más importantes, también tienen que ser distintos los apoyos y conviene contar con personas que puedan conocer y valorar a ese niño de verdad.

No llegué hasta aquí siendo el padre tranquilo que ya sabía qué hacer.

He repetido órdenes hasta perder la paciencia, he gritado cuando después sabía perfectamente que no había ayudado, me he sentido impotente y alguna vez he acabado llorando porque no entendía qué estaba pasando ni cómo ayudar.

Todo eso convivía con algo que nunca estuvo en duda: un amor infinito por mi hijo y el deseo de entenderlo sin intentar convertirlo en otro niño. Poco a poco dejé de preguntarme solo «¿cómo consigo que haga esto?» y empecé a preguntarme «¿qué le está costando aquí?». De esa diferencia sale prácticamente toda esta web.

“Si el quinto ‘venga’ no ha funcionado, quizá el sexto no necesita más volumen. Quizá necesita que yo deje de hacer exactamente lo mismo.”

Mi trabajo como fotógrafo de familias y niños también me ha enseñado algo bastante incómodo: que el camino directo no siempre es el más corto. A veces toca esperar, jugar, cambiar la entrada y tragarse un poco el orgullo adulto.

Casa, colegio, muñecos, calcetines, límites y alguna escena para olvidar.

Los libros salen de cosas bastante poco épicas: mañanas en las que no llegamos, comidas que parecían iguales hasta que no lo eran, salidas del parque, noches largas y momentos en los que yo también hice justo lo que luego aconsejo no hacer. No convierto cada anécdota en una técnica. Cuento qué pasó, qué entendí tarde y qué empezó a ayudarnos algunas veces.

De ahí sale Entender Primero. Porque corregir una conducta que no entiendes es muy rápido. Acertar con lo que necesita la escena ya cuesta un poco más.

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