No me digas primero qué etiqueta tiene. Cuéntame qué pasa un martes.
He metido aquí escenas que me han pasado de verdad: un calcetín que se convierte en enemigo público, un juego que no termina, el puré que “es el mismo” hasta que deja de serlo, una salida del parque y el momento en que tú también vas ya con la reserva encendida.
Son diez preguntas. Cada una te pone delante varias situaciones. Elige la que más se parece a vuestra casa. No hay nota, no hay diagnóstico y nadie va a llamar a servicios sociales porque has marcado “he repetido una orden diez veces”. Tranquilo, hacemos club.
Reconocer una situación no significa reconocer un diagnóstico.
Yo también empecé por las escenas cotidianas; el diagnóstico vino después. Puedes empezar por algo tan sencillo como «le cuesta esperar», «no consigue enlazar dos cosas», «se pierde en la fila», «quiere jugar con otros pero no sabe cómo entrar» o «cada cambio termina mal».
El test y los libros sirven para orientarte hacia situaciones y herramientas que quizá te resulten familiares. No diagnostican ni sustituyen una valoración cuando hace falta.
Porque “tiene rabietas” me dice casi lo mismo que “mi coche hace ruido”.
Quiero saber qué estaba pasando cinco minutos antes: si venía muerto de hambre, si tocaba salir, si le cambiamos el plan, si algo le molestaba o si nosotros ya íbamos con la paciencia en números rojos.
Una mala mañana puede empezar en la cama, en un calcetín, en el desayuno o cinco minutos antes de salir.
Cuando ya está gritando y yo sigo soltando discursos, normalmente solo conseguimos dos personas más enfadadas.
Después de una pelea no necesito hacer como si no hubiera pasado. Necesito que podamos volver a encontrarnos.