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Artículos · Entender Primero

Mi hijo no es el mensajero entre dos casas. Aunque a veces se me olvide.

Mi hijo tiene dos casas, no un puesto de trabajo llevando recados. Intento no hacerle árbitro de nuestras costumbres, aunque las preguntas de los adultos a veces vengan con trampa.

20 de octubre de 20264 min de lecturaPor Manuel García

Hay preguntas que parecen completamente inocentes.

«¿Y en casa de mamá cómo lo hacéis?».

No tiene nada de malo querer saber cómo se organiza nuestro hijo en otro sitio. De hecho, a mí me ha servido para descubrir que algunas cosas que yo creía imposibles eran perfectamente posibles. Lo de dormirse media hora antes, por ejemplo. Todavía me estoy recuperando.

Pero tengo que vigilar una cosa: no es lo mismo preguntar por curiosidad que pedirle al niño que nos haga de corresponsal en la otra casa.

Última hora desde el domicilio de mamá

Me imagino a mi hijo entrando por la puerta, dejando los zapatos en un lugar que probablemente no sea el zapatero y encontrándose conmigo.

«¿Qué tal? ¿Has comido bien? ¿Y a qué hora os acostasteis? ¿Y por qué…?».

A este paso solo me falta colocarle un micrófono y pedirle declaraciones.

Y él, que venía de jugar, ahora tiene que reconstruir horarios y costumbres de los adultos como si hubiera pasado el fin de semana haciendo una inspección.

Lo curioso es que a veces ni siquiera quiero fiscalizar nada. Quiero aprender cómo ha hecho algo su madre o saber qué le ha venido bien.

Pero mi buena intención no convierte automáticamente todas mis preguntas en oportunas.

Las dos casas pueden gustarle

Este es el asunto que intento no perder de vista.

Si me cuenta que con su madre ha hecho algo que le ha encantado, eso debería ser una buena noticia.

No una invitación a defender por qué conmigo lo hacemos de otra forma.

Si ha disfrutado con la abuela, tampoco necesito recordarle inmediatamente que en mi casa los caramelos no se reproducen por generación espontánea.

Y si un día prefiere una costumbre de la otra casa, no está eligiendo a la otra persona por encima de mí.

Aunque reconozco que el orgullo adulto a veces necesita que se lo expliquen con dibujitos.

A mi hijo le pueden gustar las dos casas. No es una competición que uno tenga que ganar.

Parece evidente, hasta que uno descubre que está a punto de soltar un «pues aquí…».

El recado que no debería llevar él

También están esas cosas que sí conviene hablar entre los mayores.

Cambios de horario. Una rutina nueva. Una idea que está funcionando. Lo que hace falta llevar de una casa a otra.

Sería estupendo que nuestros hijos tuvieran una memoria infalible y un departamento de mensajería incorporado.

Pero bastante tienen con acordarse de dónde han dejado el muñeco imprescindible justo cuando toca salir.

Si necesito hablar de una decisión con su madre, intento que no sea él quien tenga que defenderla, explicarla o negociar la respuesta.

Que nuestros hijos aprendan las normas de cada hogar me parece bien.

Que se conviertan en los encargados de trasladar nuestras diferencias, bastante menos.

La colleja, como siempre, para mí

Me gustaría que mi hijo creciera sabiendo que puede disfrutar con papá, con mamá, con sus abuelos y con quien lo cuide sin sentirse obligado a justificarlo.

Y mientras él aprende a vivir entre diferentes costumbres, yo sigo practicando algo que parece mucho más sencillo de lo que es.

Escuchar una historia sobre la otra casa sin preparar mi propia réplica.

Preguntar por una idea que funciona sin convertirlo en interrogatorio.

Y acordarme de que, si necesito hablar con otro adulto, quizá lo más revolucionario sea hablar con ese adulto.

Lo sé. Una tecnología sorprendente.

Mi hijo tiene muchas cosas que aprender entre dos casas.

Algunas de las más difíciles, sospecho, nos tocan a nosotros.

coparentalidadnormas en casarutinas familiares

Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.

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