En mi casa se puede comer viendo la televisión.
Sí, soy ese padre. Ya podéis guardar las antorchas.
En casa de mamá no.
Y parece que mi hijo ha entendido perfectamente las dos normas. Lo que todavía no tengo tan claro es si las ha entendido o simplemente sabe utilizarlas mejor que nosotros.
Porque los niños tienen una memoria curiosa. Se olvidan de dónde han dejado los zapatos hace tres minutos, pero recuerdan perfectamente qué adulto les permitió ver dibujos mientras cenaban el jueves de hace dos semanas.
Y, naturalmente, nos lo recuerdan en el momento más oportuno.
«Pero en casa de papá sí puedo».
Pues sí, hijo. Y papá acaba de convertirse en el protagonista de una conversación en la que ni siquiera está presente.
Cada casa tiene sus cosas
En casa de papá hay unas normas. En casa de mamá, otras.
En casa de la abuela, bueno… habría que comprobar si la palabra norma figura en el diccionario.
Y en casa de los tíos puede que haya otras completamente diferentes.
Lo curioso es que los adultos aceptamos bastante bien que las cosas sean distintas en el colegio, en el parque o en casa de unos amigos.
Pero cuando se trata de nuestras propias normas, la cosa cambia.
Porque una cosa es que cada casa tenga sus costumbres y otra muy distinta descubrir que tu hijo está encantado con una norma que tú jamás habrías puesto.
Ahí aparece una vocecita interior:
«Pues eso no me parece bien».
Y a los tres segundos estamos preparando una conferencia sobre educación infantil que nadie nos ha pedido.
El problema no siempre lo tiene el niño
A veces pienso que nosotros complicamos bastante más las cosas de lo necesario.
El niño ha dicho que en la otra casa se hace algo diferente.
Punto.
No ha presentado una denuncia. No ha pedido cambiar de familia. Ni siquiera ha solicitado una reunión extraordinaria de padres.
Pero nosotros ya estamos pensando si debemos mantener nuestra norma, justificarla o explicar por qué la otra no nos convence.
Y ahí es donde mi yo del futuro debería aparecer, darme una colleja y decirme:
«¿De verdad vas a montar todo esto por una televisión?».
Porque quizá bastaba con responder:
«Sí, en casa de mamá lo hacéis así. Aquí lo hacemos de otra manera».
Y seguir cenando.
Aunque reconozco que hay días en los que me cuesta más aceptar las diferencias a mí que a mi hijo.
También tiene derecho a que le gusten las dos casas
Esto es algo que he intentado cuidar especialmente.
No quiero que mi hijo tenga que justificar delante de mí lo que hace cuando está con su madre.
Ni que piense que disfrutar de algo en una casa significa estar traicionando a la otra.
Puede gustarle cenar viendo dibujos conmigo.
Y puede gustarle cenar charlando con mamá.
Las dos cosas pueden ser verdad.
Igual que puede querer ir a casa de la abuela porque allí le dejan hacer algo que yo no permito.
Aunque admito que esto último despierta en mí un enorme interés por conocer qué clase de acuerdos secretos mantiene mi hijo con sus abuelos.
Y resulta que a veces el que tiene que aprender soy yo
Me gustaría que mi hijo aprendiera a entender que hay normas distintas en cada lugar.
Pero también sospecho que antes me toca aprender algo a mí.
A no discutir todas las diferencias.
A no convertir una costumbre de otra casa en un examen sobre quién educa mejor.
Y, sobre todo, a no meterlo en medio de conversaciones que deberíamos tener los adultos.
No siempre me saldrá.
Algún día volverá a soltarme un «pero mamá dice…» y notaré que mi cerebro empieza a redactar una respuesta de diecisiete párrafos.
Espero que mi yo del futuro llegue a tiempo con la colleja.
Porque entre la casa de papá, la de mamá y la de los abuelos, mi hijo tiene bastantes cosas que aprender.
Y yo, por lo visto, también.
Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.
