Hay algo en lo que seguramente estaremos de acuerdo papá, mamá y hasta la abuela: los dientes hay que lavárselos.
Bien. Ya tenemos un acuerdo.
Ahora viene lo difícil: conseguir que el niño se los lave.
Porque una cosa es ponerse de acuerdo en que hay que lavarse los dientes y otra conseguir que eso ocurra sin convertir el cuarto de baño en el escenario de una negociación internacional.
Yo intenté ponérselo fácil a mi hijo.
Y descubrí que no siempre necesitábamos los mismos ingredientes, aunque la receta fuera la misma.
En mi casa podía funcionar de una manera. En casa de su madre, de otra. Incluso podía cambiar el cepillo, la pasta o quién estaba a su lado.
Y entonces me entraba la duda.
¿Sería mejor que todo fuera exactamente igual?
Pues quizá sí. Si algo funciona en las dos casas, estupendo. Un problema menos, que tampoco vamos sobrados de tiempo.
Pero ¿y si no funciona igual?
¿Y si a mí me resulta más fácil convertirlo en un juego y su madre ha encontrado otra manera que funciona perfectamente?
Ahí es donde los adultos tenemos un pequeño problema.
Nos cuesta bastante descubrir que alguien ha encontrado una solución distinta a la nuestra.
Porque lo normal sería preguntar:
«Oye, ¿cómo consigues que se lave los dientes sin montar todo este espectáculo?».
Pero antes de llegar a esa pregunta, nuestro orgullo ya está preparando una explicación sobre por qué nuestro sistema es estupendo.
Y eso que llevamos tres días persiguiendo al niño con un cepillo.
Y entonces aparece la abuela
Las abuelas tienen una curiosa habilidad para conseguir cosas que nosotros llevamos semanas intentando.
No siempre. Tampoco vamos a entregarles las llaves del universo.
Pero a veces hacen algo, dicen una frase o encuentran un juego y resulta que funciona.
Y uno se queda mirando.
«¿Cómo has hecho eso?».
Pues quizá deberíamos preguntarles más a menudo.
Porque vamos a ver, ¿cómo demonios has llegado tú a ser padre si antes alguien no supo criarte?
Que también es verdad que algunas de las cosas que hacían nuestros padres hoy las miraríamos con bastante recelo.
Pero otras merecen conservarse.
A veces la mejor receta no es la mía. Ni la de su madre. Es la de la abuela.
Y quizá lo inteligente no sea discutir de quién era la idea, sino guardarla para cuando vuelva a hacernos falta.
La receta sigue siendo la misma
Al final, los dientes se lavan.
En casa de papá, en casa de mamá y, espero, también en casa de la abuela.
Pero no necesariamente tienen que lavarse con el mismo cepillo, el mismo juego o la misma canción.
Yo he intentado aprender a distinguir entre lo que quería conseguir y mi empeño en conseguirlo exactamente a mi manera.
Y no siempre me ha salido.
Porque una cosa es saber que otra persona puede tener una buena idea.
Y otra bastante más difícil es reconocer que quizá sea mejor que la tuya.
Sobre todo cuando esa persona es tu madre y llevas treinta años intentando demostrarle que ya sabes hacer las cosas tú solito.
Así que, si la abuela tiene una receta que funciona, guárdala.
Nunca sabes cuándo vas a necesitarla.
Y ya que estamos, quizá podamos preguntarle también a mamá cómo lo hace ella.
Aunque tengamos que tragarnos un poquito el orgullo.
Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.
