← Volver a artículos
Artículos · Entender Primero

Papá, una cosa… ¿esa norma es negociable?

Yo solo quería que recogiera los juguetes. Mi hijo propuso otra solución y, de pronto, el que tenía que aprender a escuchar era yo.

20 de octubre de 20265 min de lecturaPor Manuel García

Hay una edad en la que nuestros hijos descubren algo maravilloso.

Que las normas se pueden preguntar.

Y después descubren algo todavía mejor.

Que se pueden discutir.

Y si además tienen dos casas, abuelos, tíos y algún adulto especialmente generoso, disponen de un catálogo de posibilidades que ya quisieran muchas empresas.

«Pero en casa de mamá…».

Y ahí estoy yo.

Con mi norma, mi paciencia y la sospecha de que estoy a punto de entrar en una conversación para la que no me he preparado.

Yo había dicho que había que recoger

Imaginemos una tarde cualquiera.

Hay juguetes por todas partes. Muñecos, coches y una construcción que parece llevar tres semanas en obras.

Llega la hora de cenar.

«Venga, vamos recogiendo».

Y aparece la respuesta:

«Pero todavía no he terminado».

Yo miro el suelo. Él mira su construcción.

Y los dos tenemos razones estupendas, por supuesto.

Para mí hay que recoger porque vamos a cenar.

Para él, recoger significa desmontar algo en lo que lleva toda la tarde trabajando.

Hasta aquí, más o menos, nos entendemos.

Pero entonces aparece la negociación.

«¿Y si lo dejamos aquí hasta mañana?».

Y yo, que hace diez segundos tenía una norma clarísima, empiezo a notar cómo me cruje algo por dentro.

Porque si digo que sí, ¿estoy cediendo?

Y si digo que no, ¿estoy defendiendo una norma importante o simplemente me molesta que haya encontrado otra posibilidad?

No me gusta nada esa segunda pregunta.

El problema de tener una buena idea

Los niños son bastante hábiles para encontrar excepciones.

A veces las buscan porque quieren salirse con la suya. Normal, yo también prefiero hacer las cosas que me gustan.

Pero otras veces resulta que su propuesta tiene sentido.

Y eso es lo verdaderamente incómodo.

Porque cuando la propuesta es disparatada, uno puede mantener su dignidad de padre con relativa facilidad.

«No, no puedes cenar tres helados».

Asunto resuelto.

Pero cuando te propone guardar su construcción en una esquina y recoger el resto…

Maldita sea.

Ahora tengo que pensar.

Y yo solo quería que recogiera los juguetes.

«Pues en casa de mamá se hace de otra manera»

Esta frase puede ser inocente. De hecho, muchas veces lo es.

El niño está compartiendo información.

Ha visto que en otro sitio algo funciona de forma distinta y se pregunta si aquí podría hacerse igual.

Nosotros, en cambio, tenemos una habilidad extraordinaria para escuchar más de lo que nos han dicho.

Él dice: «En la otra casa lo hacemos así».

Mi cerebro traduce: «Tu sistema está siendo cuestionado. Prepare la defensa».

Y ahí es donde mi yo del futuro debería venir a darme una colleja.

Porque quizá podría preguntar:

«¿Y cómo lo hacéis allí?».

Sin ironía.

Sin intención de descubrir un fallo.

Simplemente por curiosidad.

Lo peor que puede ocurrir es que la respuesta no me sirva.

Bueno, no. Lo peor es que me sirva y tenga que reconocer que no se me había ocurrido a mí.

¿Y cuándo no quiero negociar?

Porque tampoco voy a fingir que todo se puede negociar.

Hay días en los que no queda tiempo, hay que salir o simplemente algo tiene que hacerse.

Y mi hijo puede no estar de acuerdo.

Eso también forma parte de la historia.

Lo curioso es que a veces me cuesta más aceptar su disgusto que mantener la propia norma.

Empiezo diciendo que no.

Después doy una explicación.

Después otra.

Y, antes de darme cuenta, llevo cinco minutos intentando convencer a un niño que no me ha pedido una conferencia. Lo que quería era seguir jugando.

Quizá mi norma estaba bien.

Quizá no necesitaba cambiarla.

Pero mis quince explicaciones tampoco estaban ayudando demasiado.

Lo difícil no era negociar con él

Empiezo a sospechar que lo difícil es negociar conmigo mismo.

Con esa parte de mí que piensa que, si cambio una decisión, perderé autoridad.

Con la que quiere que las cosas se hagan como había previsto.

Y con esa otra que, cuando escucha una idea de su madre, de la abuela o incluso del propio niño, tiene que hacer un esfuerzo considerable para no responder inmediatamente:

«Ya, pero…».

A veces descubro que tenía razón.

Otras, que estaba defendiendo algo que ni siquiera era tan importante.

Y otras muchas sigo sin saber dónde habría estado el punto justo.

Porque criar tiene ese pequeño inconveniente: las respuestas buenas suelen ocurrírsete cuando ya estás fregando los platos.

Y resulta que negociar una norma con mi hijo no siempre significa cambiarla. A veces significa descubrir por qué me cuesta tanto escuchar otra manera de hacer las cosas.

Lo cual me parece una conclusión bastante molesta.

Sobre todo para mí.

coparentalidadnormas en casarutinas familiares

Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.

Seguir leyendo

Si esta escena te suena, quizá estas también.

Portada de Niños sensibles: Rutinas que ayudan
Si quieres seguir por aquí

Niños sensibles: Rutinas que ayudan

Si recoger, cambiar de juego o salir de casa termina en negociación, aquí hay más escenas sobre rutinas, transiciones y mis propias meteduras de pata.

Ver el libro