Se me estaba haciendo tarde.
Todavía tenía que llevar a Ángel a casa de su abuela, despedirme de él, coger el autobús y llegar al trabajo a mi hora.
Y todo eso procurando que mi hijo no acabara llorando y rogándome que me quedara.
Porque no era tan sencillo como dejarlo en la puerta, darle un beso y salir corriendo.
Ojalá.
Ángel seguía jugando en el parque y yo miraba el reloj.
Ese día, como tantos otros, estaba complicado.
Ángel no solía comer en el colegio. Allí hablaban de un niño difícil, pero yo sabía que había algo más. Con sus sensibilidades y aquellas cosas que tanto le costaban, no podía ser simplemente que no quisiera comer porque no le apetecía.
Y cuando llegaba la tarde, el cansancio, el hambre y todo lo acumulado durante el día terminaban apareciendo.
A veces por cualquier cosa.
Así que ya sabía lo que podía pasar si intentaba sacarlo del parque a la fuerza.
Y no me apetecía nada.
Mi nueva y extraordinaria idea
Decidí anticipárselo.
Pero anticipárselo bien.
Nada de avisarle una vez y esperar que se acordara.
Mi nuevo método consistía en recordárselo aproximadamente cada sesenta segundos.
«Ángel, en un rato nos vamos».
Él seguía jugando.
Al minuto volvía a avisarle.
Y otra vez.
Y otra.
Yo estaba bastante satisfecho con mi ocurrencia.
Si se lo repetía muchas veces, no podría decir que no lo sabía. Tendría tiempo para hacerse a la idea y, cuando llegara el momento, nos marcharíamos tranquilamente.
Qué ilusión me hacía probar aquel sistema.
Una pequeña revolución en la crianza.
Lo único que faltaba era que Ángel colaborase.
«Un poco más, papá».
Y seguía jugando.
Yo volvía a mirar el reloj.
«Ángel, que ya te lo he dicho. Nos tenemos que ir».
«Un poco más».
Y el autobús, naturalmente, no tenía ninguna intención de esperar a que termináramos nuestras negociaciones.
Yo lo había avisado. ¿Qué más quería?
Ahí empezó a aparecer mi impaciencia.
Porque yo estaba convencido de haberlo hecho bien.
No había llegado de repente a cortarle el juego. No le había dicho que nos íbamos sin avisar.
¡Llevaba un buen rato recordándoselo!
Cada minuto.
Con una paciencia que, por cierto, se me estaba terminando.
Y Ángel seguía pidiendo un poco más.
Me desesperaba.
No entendía cómo podía costarle tanto aceptar algo que yo llevaba anunciando una y otra vez.
Pero había otra cosa que tampoco terminaba de encajar.
Ángel no era un niño al que se pudiera sacar fácilmente de una actividad en la que estaba metido. Le costaban los cambios, se enganchaba a sus juegos y, cuando estaba cansado, cualquier interrupción podía convertirse en un problema enorme.
Yo lo sabía.
Por eso había inventado aquel estupendo método.
Para ayudarlo.
Y, de paso, para poder llegar al trabajo sin dejarlo llorando en casa de su abuela.
Porque tampoco voy a engañar a nadie: necesitaba que funcionara.
El problema de un padre con prisa y un niño que no había terminado
Mientras repetía mis avisos empecé a darme cuenta de algo bastante incómodo.
Yo tenía clarísimo cuánto tiempo nos quedaba.
Sabía qué autobús necesitaba coger, cuánto tardaba en despedirme y qué ocurría si perdía unos minutos más.
Ángel no tenía nada de eso en la cabeza.
Él estaba jugando.
Y yo llevaba un buen rato diciéndole que nos iríamos «en un rato».
Que, pensándolo bien, es una medida de tiempo extraordinaria.
Sobre todo para un niño tan literal como Ángel.
Yo quería que supiera exactamente lo que iba a pasar.
Pero no le estaba diciendo exactamente cuándo.
Le estaba repitiendo la misma frase una y otra vez, convencido de que repetirla la hacía más clara.
Y cuanto más tarde se me hacía, menos paciencia tenía para comprobar si realmente me había entendido.
Fantástico.
Yo intentando enseñarle a aceptar los cambios y el primero que no estaba sabiendo manejar la situación era su padre.
No sé cuánto de aquella resistencia era cansancio, cuánto era que no quería dejar el juego y cuánto tenía que ver con su dificultad para cambiar de una actividad a otra.
Lo que sí sé es que yo necesitaba marcharme y él seguía pidiéndome un poco más.
Y mi maravilloso método de los sesenta segundos no estaba consiguiendo lo que esperaba.
Todavía me pregunto si aquella tarde Ángel no quería hacerme caso o si yo estaba tan ocupado avisándole de que nos íbamos que olvidé ayudarlo a terminar lo que estaba haciendo.
Porque avisar muchas veces y preparar a un niño para un cambio quizá no sean exactamente lo mismo.
Y yo acababa de dedicar toda una tarde a descubrirlo.
En Qué hacer con las manías de tu hijo cuento cómo fui intentando entender por qué a Ángel le costaba tanto abandonar algunos juegos, aceptar los cambios y terminar algo que para él todavía no había acabado. También cuento lo que probé, lo que no funcionó y las veces que confundí avisarlo con ayudarlo. No son soluciones infalibles. Es nuestra experiencia, con sus dificultades y mis meteduras de pata.
Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.

