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Artículos · Entender Primero

«Ahora voy». Y mi hijo tuvo la desfachatez de creérselo.

Ángel me pedía que fuera con él. Yo le decía «ahora voy», seguía ocupado y después me molestaba que volviera a preguntar. Un método educativo brillantísimo, por lo visto.

20 de octubre de 20265 min de lecturaPor Manuel García

Estoy terminando un mensaje.

Ángel me pide que vaya con él.

«Ahora voy».

Y sigo con lo mío.

Al poco rato vuelve a preguntar.

«Papá, ¿vienes?».

«Sí, Ángel, ahora voy».

Y continúo con aquel asunto importantísimo de adulto que, visto desde fuera, seguramente no merecería ni treinta segundos de documental.

Pero yo estoy ocupado.

Y Ángel vuelve a aparecer.

Otra vez.

«Papá…».

Y ahí empieza a molestarme.

Porque vamos a ver, ¿no puede esperar un momento?

¿Tengo que dejar absolutamente todo lo que estoy haciendo cada vez que me llama?

Y mientras me voy poniendo estupendo, Ángel sigue esperando.

El niño pesado y el padre ocupadísimo

A Ángel le cuesta esperar.

No es ninguna novedad.

Es un niño intenso, impulsivo y muy literal. Cuando quiere algo, le cuesta dejarlo aparcado y ponerse tranquilamente a otra cosa.

Y si necesita mi ayuda o quiere que vaya con él, no siempre acepta que yo tenga que terminar antes lo que estoy haciendo.

Lo sé perfectamente.

Por eso me parece todavía más extraordinaria mi manera de responderle.

«Un momento».

«Ahora voy».

«Espera un poco».

Todo muy claro.

Tres expresiones que utilizo con absoluta seguridad y que tienen algo maravilloso en común.

No significan cuánto tiene que esperar.

Pero yo espero que Ángel lo entienda.

Y no solo eso.

Espero que lo entienda, que lo acepte, que tenga paciencia y que no vuelva a molestarme mientras termino.

Si puede ser, sin respirar demasiado fuerte.

Yo, por supuesto, sigo ocupado.

La extraordinaria puntualidad de papá

Lo peor viene cuando termino el mensaje.

Porque muchas veces no voy.

Ya que estoy, recojo algo.

Termino otra cosa.

Me acuerdo de algo que tenía pendiente.

Y aquel «ahora voy», que en mi cabeza era una promesa perfectamente razonable, se va alargando.

Mientras tanto, Ángel vuelve a preguntar.

Y yo empiezo a perder la paciencia.

«¡Ángel, que ya voy!».

Magnífico.

Le he dicho que voy.

No he ido.

Y ahora me estoy enfadando porque me pregunta cuándo voy a cumplirlo.

Menos mal que soy el adulto.

Alguien tiene que poner orden en esta casa.

¿Y si no era impaciencia?

Con Ángel me encuentro muchas veces intentando comprender por qué necesita tanta seguridad en algunas cosas.

Quiere saber qué viene después.

Pregunta.

Repite.

Y cuando una situación no está clara, puede quedarse enganchado a ella.

A mí eso me agota.

No voy a fingir que siempre tengo paciencia, porque sería una mentira bastante fácil de desmontar.

Pero empecé a darle vueltas a una cosa.

Cuando le digo «ahora voy», para mí significa que iré cuando termine lo que estoy haciendo.

Para Ángel puede significar que voy a ir ahora.

Que, pensándolo bien, tampoco es una interpretación especialmente disparatada.

Lo pone bastante claro en la frase.

Y ahí aparece un problema que no me gusta demasiado reconocer.

Yo le exijo que cumpla las normas, que respete lo que acordamos y que haga caso cuando le digo algo.

Pero él también escucha lo que yo digo.

Y si le prometo que voy, espera que vaya.

Menuda ocurrencia la suya.

A lo mejor, cuando vuelve a preguntarme, no está intentando fastidiarme.

A lo mejor está comprobando si mi promesa sigue en pie.

O quizá simplemente quiere que esté con él y todavía no sabe manejar esa espera.

No puedo saber exactamente qué pasa por su cabeza.

Pero sí sé lo que hago yo.

Le digo que voy y sigo con mis cosas.

Y después me molesta que vuelva a llamarme.

Mis normas son estupendas. Las mías también deberían cumplirse.

Hay algo especialmente incómodo en todo esto.

Yo quiero que Ángel aprenda a esperar.

Y tiene que aprenderlo, claro.

No puedo dejar todo lo que hago cada vez que me necesita. Tampoco puedo permitir que una interrupción termine siempre en gritos o que cualquier exigencia suya cambie lo que estamos haciendo.

Pero mientras intento enseñarle paciencia, también estoy enseñándole otra cosa.

Que papá dice «ahora voy» y eso no significa necesariamente que vaya.

Que unas veces tarda poco.

Otras bastante.

Y que, si Ángel insiste, encima puede llevarse una bronca.

Una maravilla de método.

A veces pienso que los adultos exigimos a nuestros hijos una precisión que nosotros mismos no practicamos.

Les pedimos que escuchen.

Que cumplan.

Que respeten los acuerdos.

Y luego soltamos un «ahora voy» como quien firma un contrato con la fecha de entrega en blanco.

Todavía me pregunto cuántas veces he confundido la impaciencia de Ángel con su necesidad de comprobar si podía fiarse de lo que acababa de decirle.

Porque mi hijo tiene dificultades para esperar.

Eso lo tengo claro.

Lo que no tengo tan claro es cómo pretendo enseñarle a confiar en mis palabras si soy el primero que las utiliza con tanta alegría.

Y lo peor es que, mientras pienso todo esto, tengo otro mensaje pendiente.

A ver si consigo terminarlo.


En Qué hacer con las manías de tu hijo cuento cómo fui intentando comprender las dificultades de Ángel para esperar, aceptar los turnos y manejar esos momentos en los que no sabía cuándo iba a llegar lo que esperaba. También cuento lo que probé y cómo acabé descubriendo que algunas de mis propias costumbres complicaban las cosas bastante más de lo necesario. No son soluciones universales. Es lo que vivimos nosotros, con su impaciencia y mi extraordinaria habilidad para decir «ahora voy» sin mirar el reloj.

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Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.

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Qué hacer con las manías de tu hijo

Decir «ahora voy» no me parecía un problema, hasta que Ángel empezó a recordarme que todavía no había ido. En este libro cuento lo que fui probando con las esperas, las palabras y nuestras pequeñas manías de casa.

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