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Artículos · Entender Primero

Dos natillas, unas patatas y un puré. Y yo creyendo que solo tenía que darle de cenar.

Quería que Ángel cenara un puré. Él proponía dos natillas, patatas fritas y conservar sus juegos. Y yo intentaba distinguir la dificultad real de una negociación.

20 de octubre de 20264 min de lecturaPor Manuel García

Sobre la mesa había un puré.

Ángel lo miraba.

Yo también.

Él porque no lo quería. Yo porque ya estaba viendo que aquella cena no iba a ser precisamente tranquila.

Mi intención era bastante sencilla: que mi hijo cenara.

La suya era otra.

Si traduzco sus pretensiones a lenguaje diplomático, la propuesta era retirar el puré, incorporar dos natillas, añadir unas patatas fritas y mantener intactos todos los derechos sobre las Tortugas Ninja, la pelota pequeña y el cuento antes de dormir.

Una negociación bastante ambiciosa.

Y yo, que solo quería darle de cenar, acababa de convertirme en representante de un gobierno con graves problemas de estabilidad.

El puré no tenía buena acogida

Con Ángel la comida nunca ha sido un asunto sencillo.

Hay olores, texturas y alimentos que le resultan especialmente difíciles. A veces tiene hambre y, aun así, rechaza lo que tiene delante.

Y yo lo sé.

Pero saberlo no significa que siempre consiga entender qué está pasando.

Porque también conozco a mi hijo.

Y sé que, además de sensible, es listo. Muy listo.

Si descubre que después de rechazar una cosa aparece otra que le gusta más, tampoco necesita un máster en economía para recordar cómo ha funcionado el asunto.

Así que allí estaba yo, delante del puré, intentando distinguir qué parte de aquella resistencia era una dificultad real y qué parte era una negociación.

Con la tranquilidad habitual de un padre que no tiene ni idea de si está siendo demasiado duro o demasiado blando.

El agua adquirió un protagonismo extraordinario

Hubo llanto.

Hubo protestas.

Hubo cucharadas que parecían no terminar nunca.

Y Ángel empezó a beber agua con una lentitud que merecía un estudio.

Yo lo miraba y pensaba que, a este paso, iba a hidratarse lo suficiente como para cruzar el Sáhara, pero el puré seguiría exactamente donde estaba.

Y mientras tanto, las natillas seguían esperando su oportunidad.

A mí se me estaba acabando la paciencia.

Porque una cosa es decir tranquilamente que la cena no se sustituye por patatas fritas.

Otra muy distinta es mantenerlo con tu hijo llorando delante.

Y sabiendo que es un niño al que determinadas comidas le cuestan de verdad.

Tenía ganas de terminar.

De retirar el plato, darle algo que comiera y dejar de discutir.

Pero también me preocupaba acabar enseñándole que, si protestaba lo suficiente, siempre aparecía una cena mejor.

Muy sencillo todo.

Solo tenía que decidir qué era lo correcto mientras Ángel lloraba, yo me desesperaba y el puré se enfriaba.

Una situación ideal para tomar decisiones inteligentes.

Mi maravillosa capacidad para complicar una cena

Hay algo que me cuesta reconocer.

Yo también estaba empeñado en que aquella cena saliera como había decidido.

Quería que Ángel comiera.

Quería que entendiera que no podía sustituir siempre la cena por lo que le apeteciera.

Y quería resolverlo aquella misma noche.

Como si los problemas que llevábamos arrastrando con la comida fueran a desaparecer gracias a mi extraordinaria firmeza delante de un plato de puré.

Pero Ángel seguía siendo un niño con sus sensibilidades, su cansancio, sus preferencias y una capacidad considerable para mantenerse en sus trece.

Y yo seguía sin saber dónde terminaba una dificultad y empezaba la otra.

Porque si el olor o la textura le resultaban insoportables, insistir no iba a convertirlos en agradables.

Pero si yo sacaba las natillas cada vez que rechazaba la cena, tampoco estaba seguro de estar ayudándolo.

Y eso era lo que más me desesperaba.

No había una respuesta sencilla.

Ni siquiera sabía siempre cuál era la pregunta correcta.

¿Estaba enseñándole a mantener una norma o estaba exigiéndole algo que aquel día realmente le costaba demasiado?

Y, sobre todo, ¿cuánto de mi empeño tenía que ver con ayudar a Ángel y cuánto con no querer volver a perder una discusión delante de un plato?

Porque una cosa estaba clara.

Mi hijo tenía dificultades con la comida.

Pero yo había conseguido que un puré, dos natillas y unas patatas pusieran en cuestión toda mi autoridad como padre.

Y todavía quedaba la ducha.


En Qué hacer con las manías de tu hijo cuento aquella negociación de la cena y otras situaciones en las que me costaba distinguir las dificultades reales de Ángel de sus intentos de cambiar las normas. También cuento qué fui probando y cómo intenté manejar algo que no siempre entendía. No son recetas para conseguir que cualquier niño coma. Son nuestras experiencias, mis dudas y unas cuantas equivocaciones que me ayudaron a mirar las cosas de otra manera.

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Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.

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Con Ángel no siempre sabía cuánto había de dificultad real en una cena y cuánto de negociación. En este libro cuento qué probé, mis dudas y las cosas que empecé a comprender delante del plato.

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