
Durante bastante tiempo yo también miraba la escena desde fuera: en un sitio estaba tranquilo y en otro parecía que todo acababa en choque. Y mi cabeza hacía lo que hacemos los adultos cuando no entendemos algo: buscar una explicación rápida.
«Aquí le consienten.» «Allí le ponen más límites.» «Conmigo hace lo que quiere.»
Con el tiempo empecé a verlo de otra manera. No porque me volviera especialmente sabio, que habría sido una sorpresa para todos, sino porque empecé a fijarme en cuánto esfuerzo tenía que hacer mi hijo para encajar en cada sitio. De ahí me salió una imagen que todavía me sirve mucho: la del molde.
Yo también tenía mi propio molde
Me di cuenta de que yo también tenía una idea bastante concreta de cómo debía comportarse un niño: saludar, contestar, darse prisa, dejar algo cuando toca, no interrumpir, no hacer ruido, no montar una escena por una tontería.
El problema no era que esas cosas estuvieran mal. El problema era intentar corregirlas todas a la vez.
Con mi hijo fui viendo que podía mantener las normas importantes y, al mismo tiempo, dejar más espacio alrededor. Podía llevar un muñeco durante un cambio. Podía necesitar unos minutos antes de hablar. Podía hacer una transición de una forma un poco rara si esa rareza nos permitía llegar al mismo sitio sin convertir el camino en una pelea.
Las paredes seguían ahí. No se pega. No se hace daño. Hay cosas que toca hacer. Pero no hacía falta que chocara contra una pared nueva cada treinta segundos.
Lo que yo empecé a preguntarme no fue solo «¿por qué aquí se porta peor?», sino «¿cuánto esfuerzo tiene que hacer para caber aquí?».
Un molde más ancho no era barra libre
Esta fue una de las partes que más me costó colocar en mi cabeza. Adaptar algo no era dejarle hacer lo que quisiera.
Si tiraba algo al suelo porque estaba enfadado, había que recogerlo. Si hacía daño, había que parar y reparar. Si una norma era importante, seguía siendo importante aunque protestara.
Lo que empecé a cambiar fue todo lo que yo añadía alrededor: repetir veinte veces, abrir peleas nuevas, discutir por cosas que en realidad no eran el problema principal o intentar demostrar quién mandaba.
Yo confundí más de una vez firmeza con cantidad de conflicto. Ahora intento que un límite sea claro sin convertirlo automáticamente en un juicio oral.
La pista que más me ayudó fue mirar cómo volvía
Durante un tiempo me quedaba con la pregunta habitual: «¿se ha portado bien?».
Después empecé a mirar otra cosa. Cómo volvía. Si estaba cariñoso, disponible y capaz de seguir jugando, o si llegaba más físico, irritable, controlador o preparado para discutir por cualquier cosa pequeña.
Una tarde mala no me demuestra nada. Pero cuando el mismo patrón se repite, a mí sí me da información.
Yo ya no necesito una tabla mental completa. Me basta con observar si vuelve disponible y capaz de seguir con su tarde, o si llega como si cualquier corrección pequeña pudiera abrir otra pelea. No me da una respuesta definitiva, pero sí una pista.
Esto no lo uso para decidir quién lo hace mejor
También tuve que vigilarme con eso. Es muy fácil convertir estas observaciones en una competición entre adultos, y no me sirve.
Lo que intento mirar es qué condiciones le facilitan las cosas y cuáles le exigen demasiado. A veces no es una cuestión de cariño ni de intención. Puede ser simplemente que un entorno tenga más ruido, más correcciones, más cambios o menos espacio para hacer una transición a su manera.
Yo no quiero construirle un mundo sin paredes. Quiero que aprenda a vivir con límites sin tener que pasar el día entero chocando contra ellos.
Las preguntas que me hago ahora
Intento quedarme con dos: ¿estoy defendiendo una norma importante o una preferencia mía? y ¿cómo queda después de pasar unas horas en ese entorno? Con eso ya tengo bastante más información que con «aquí se porta peor».
No siempre acierto. Hay días en los que sigo entrando en peleas bastante prescindibles. Pero esta idea del molde me ayuda a recordar algo: mi objetivo no es conseguir que parezca perfecto. Es ayudarle a sostenerse sin tener que romperse para encajar.
Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.
