
Durante mucho tiempo yo también hacía la pregunta típica cuando mi hijo volvía de algún sitio:
«¿Se ha portado bien?»
Era una forma cómoda de resumir una tarde entera en una respuesta de dos palabras.
Hasta que empecé a fijarme en algo que me daba mucha más información: cómo volvía.
Había días en los que «se había portado fenomenal» y volvía hecho polvo
Eso me desconcertaba.
Podía venir de un sitio donde me decían que había estado tranquilo, obediente y sin problemas. Y, al llegar conmigo, cualquier cosa pequeña abría un conflicto.
Más físico. Más irritable. Necesitando controlar lo que comíamos, qué juego tocaba o cómo tenía que hacerse una transición.
Mi primera lectura era bastante poco sofisticada: conmigo se porta peor.
Después empecé a pensar que quizá conmigo simplemente dejaba de aguantar.
Yo dejé de mirar solo si había obedecido y empecé a mirar cuánto esfuerzo parecía haberle costado.
Estar tranquilo por fuera no siempre significaba estar tranquilo por dentro
Esta diferencia me ayudó mucho.
Yo podía ver a un niño sentado, callado y cumpliendo y dar por hecho que estaba regulado.
Pero también podía estar conteniéndose.
Desde fuera las dos cosas se parecen bastante. La diferencia muchas veces aparecía después, cuando volvía a un sitio donde ya no necesitaba sujetarse tanto.
Empecé a mirar señales concretas
No hago una tabla de Excel cada vez que vuelve, gracias a todos los dioses disponibles. Pero sí intento fijarme en algunas cosas.
- ¿Vuelve cariñoso y disponible o entra buscando choque desde el primer minuto?
- ¿Está más físico de lo habitual?
- ¿Necesita controlar cada detalle?
- ¿Cualquier límite pequeño lo rompe?
- ¿Puede seguir jugando o parece que todo le molesta?
Una sola tarde no me dice gran cosa. Lo que me interesa es cuando el patrón se repite.
También tuve que vigilarme para no convertirlo en una competición
Porque esa es otra trampa facilísima.
Si vuelve bien de un sitio y mal de otro, el cerebro adulto enseguida quiere repartir medallas y culpables.
Yo intento no usarlo así.
Lo que me interesa es entender qué entorno le exige más y cuál parece ayudarle a descansar. A veces la diferencia puede estar en el ruido, en la cantidad de correcciones, en la previsibilidad o simplemente en la forma de acompañar los cambios.
La pregunta que me hago ahora
Sigo queriendo saber cómo ha ido. Claro.
Pero además de «¿se ha portado bien?», intento añadir otra:
«¿Cómo estaba cuando terminó?»
A mí esa pregunta me ha contado muchas veces más que la primera.
No porque todo lo que ocurra después venga necesariamente de lo anterior. No necesito montar una teoría por cada tarde difícil.
Pero sí me recuerda que una conducta tranquila puede haber costado muchísimo esfuerzo y que, a veces, la descarga aparece justo cuando por fin deja de contenerse.
Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.
