
Hay momentos en los que uno se siente un padre sensato, equilibrado y lleno de recursos educativos de calidad.
Y luego está el día en que intenté quitar los tacos de casa.
La idea era sencilla. Si Ángel soltaba alguna palabra más subida de tono, en vez de decirla podía cambiarla por una versión más suave. Una cosa civilizada. Una mejora del sistema. Un avance para la convivencia. Una de esas decisiones que en tu cabeza suenan tan bien que casi te dan ganas de darte la mano a ti mismo.
Así que le dije:
—En vez de decir eso, puedes decir «maldita sea».
Y claro.
Ángel no lo entendió como una sugerencia ocasional.
Lo entendió como si yo acabara de entregarle el idioma oficial de su nuevo personaje.
Durante una temporada conviví con una especie de pequeño señor medieval indignado con el mundo.
Maldito papá.
Maldita mamá.
Maldita verdura.
Maldita lluvia.
Maldito pantalón.
Maldito autobús.
Maldita vida, supongo, si hubiera tenido vocabulario para tanto.
No era un insulto especialmente feroz, pero sí tenía una intensidad dramática maravillosa. No parecía un niño enfadado sin más. Parecía alguien al que acababan de arrebatarle sus tierras en una disputa feudal.
Y ahí estaba yo, contemplando mi propia obra.
Porque esa es otra: muchas veces los padres damos una herramienta pensando que hemos hecho una mejora técnica del comportamiento, y el niño la incorpora con una seriedad y una creatividad que no habíamos previsto ni remotamente.
Yo quería rebajar el tono.
Él lo convirtió en una franquicia.
Lo mejor de todo es que no lo hacía «mal». Al revés. Estaba cumpliendo perfectamente la instrucción. Le habíamos dicho que no dijera una cosa y que podía usar otra.
Pues usó otra.
Muchísimo.
Con compromiso.
Con continuidad.
Con visión de proyecto.
Hay escenas de crianza que no enseñan una gran lección profunda, ni falta que hace. Simplemente te recuerdan que vivir con un niño —y más con un niño como Ángel— es estar a medio camino entre la ternura, el desconcierto y las ganas de no reírte demasiado fuerte para no reforzar justo lo que luego tendrás que aguantar durante tres semanas.
Esta fue una de esas.
Yo intenté quitar tacos.
Y terminé compartiendo casa con un mini noble medieval maldiciendo a la verdura.
La crianza, a veces, también consiste en eso.
Si te suenan estas escenas en las que una idea sensata termina convertida en algo completamente inesperado, en el libro de rabietas cuento muchas más. No las bonitas para quedar bien. Las de verdad.
Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.

