
Hubo un momento en el que mi hijo empezó a preguntarme algo que, al principio, parecía una tontería:
«Papá, ¿es broma?»
Y cuanto más lo escuchaba, más me daba cuenta de que no era una pregunta pequeña.
Durante mucho tiempo yo había dado por hecho que ciertas cosas se entendían solas: el tono, una exageración, una frase absurda, una ironía. Para mí eran pistas evidentes. Para él, algunas veces, no.
Antes reaccionaba. Después empezó a preguntar
Lo que más me llamó la atención fue el cambio.
Antes podía escuchar una frase rara, interpretarla literalmente y reaccionar desde ahí. Yo veía la reacción y me quedaba con eso.
Cuando empezó a preguntar «¿es broma?» apareció algo nuevo entre lo que oía y lo que hacía.
Yo empecé a verlo como un pequeño freno: «esto no me cuadra, mejor pregunto antes de decidir qué significa».
No siempre sabía interpretar la situación. Pero ya había detectado que podía haber una segunda lectura. Para mí eso era mucho más importante que acertar todas las bromas.
También me obligó a mirar cómo hablaba yo
Los adultos usamos dobles sentidos todo el rato y ni siquiera nos damos cuenta. Exageramos, soltamos una frase absurda, cambiamos el tono y esperamos que el otro haga automáticamente todo el trabajo de interpretación.
Yo también.
Cuando él preguntaba, empecé a responder de forma muy simple:
«Sí, era broma.»
«No, esto va en serio.»
Y si el momento estaba tranquilo, a veces añadía qué pista podía ayudar: mi tono, la situación o lo absurdo de lo que había dicho.
No quería convertir cada conversación en una clase
Ese era otro riesgo. Descubres algo que puede ayudar y de repente dan ganas de explicarlo todo. Cada chiste, cada gesto, cada frase.
Yo intento no hacerlo. Bastante trabajo tiene ya una conversación normal como para convertirla en un examen continuo de habilidades sociales.
Me interesa más que sepa que puede preguntar cuando algo no le cuadra.
Hay bromas con las que yo sí intento tener más cuidado
Sobre todo las que tocan cosas muy sensibles: marcharme, dejar de quererlo, mandarlo con otra persona o hacerle creer que una relación importante puede desaparecer.
Para mí puede ser una broma evidente. Si él durante unos segundos la cree de verdad, el coste no me compensa.
No quiero eliminar el humor de casa. Todo lo contrario. Pero he aprendido que hay temas en los que prefiero no pedirle que adivine.
Lo que me llevo de esa pregunta
Ahora, cuando me dice «¿es broma?», no lo veo como una dificultad que hay que quitar.
Lo veo como una herramienta que ha empezado a usar.
Antes podía reaccionar a lo que creía haber entendido. Ahora, algunas veces, se para y pregunta. Para mí ese pequeño espacio vale muchísimo.
Mi objetivo no es que nunca necesite preguntar. Es que tenga recursos para no tener que tragarse solo cada duda y cada doble sentido como si fueran evidentes para todo el mundo.
Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.
