
Hay momentos en los que vamos por la calle jugando, hablando con muñecos o siguiendo una historia que empezó en casa y parece que todo fluye.
Podemos ir en autobús, cruzarnos con gente, pasar por una tienda llena o andar por una calle con ruido. Mientras estamos dentro de nuestro juego, mi hijo suele saber perfectamente dónde está conmigo.
Y entonces alguien nos dice «hola».
Una palabra. Cinco segundos. Y yo noto cómo cambia la escena.
Durante un tiempo pensé que simplemente no quería relacionarse
Era una explicación muy cómoda. Si conmigo hablaba, jugaba y se reía, pero aparecía una tercera persona y se cerraba, la conclusión rápida era que no quería hablar con los demás.
Lo que empecé a ver fue otra cosa: conmigo no tenía que adivinar tantas reglas.
Sabe cómo hablo, cuándo estoy bromeando, qué significa mi cara y qué pasa si no entiende algo. Dentro de nuestro juego puede probar, equivocarse y volver sin que cambie todo el sistema.
No estaba fuera del mundo. Muchas veces estaba dentro de un mundo de dos en el que sabía cómo funcionaban las cosas.
La tercera persona cambiaba más cosas de las que yo veía
A mí un saludo me parecía un saludo. Para él podía abrir varias preguntas a la vez.
- ¿Me habla a mí o a papá?
- ¿Tengo que contestar?
- ¿Quiere jugar?
- ¿Se está riendo conmigo o de mí?
- ¿Eso era una broma?
Yo veía cinco segundos. Él podía estar intentando ordenar un montón de información que conmigo ya tenía resuelta de antemano.
Mi primera solución tampoco era especialmente brillante
Alguna vez intenté cortar nuestro juego para que prestara atención fuera. En mi cabeza tenía sentido: si está demasiado metido conmigo, tendrá que salir.
Luego empecé a pensar que quizá estaba quitando justo la parte que le daba seguridad para poder hacerlo.
Así que empecé a probar algo mucho más pequeño:
«Pausa del juego. Nos están hablando.»
Respondemos como podamos.
«Seguimos.»
No parece una gran técnica. De hecho, queda fatal si uno esperaba un método con siglas. Pero a nosotros nos ayudó a convertir la interacción social en una puerta, no en el derribo completo de lo que estábamos haciendo.
Lo que intento enseñarle ahora
No quiero que necesite estar siempre dentro de una burbuja conmigo. Eso no sería autonomía.
Lo que intento es que descubra que puede salir unos segundos de algo seguro, atender a otra persona y volver. Que una interrupción no significa perder el hilo entero.
Hay días en los que sale bien y otros en los que un simple saludo parece exigir más energía que media hora de trayecto. Yo también sigo aprendiendo cuándo ayudar, cuándo traducir y cuándo dejar de meter prisa.
La burbuja no es el destino. Para mí ha sido más útil pensarla como un sitio seguro desde el que practicar pequeñas salidas.
Este artículo parte de mi experiencia personal como padre. Comparto escenas e ideas que me han ayudado a comprender mejor algunas situaciones cotidianas, especialmente cercanas al TEA grado 1 y a dificultades leves de regulación, cambio o interacción. No es tratamiento ni sustituye una valoración sanitaria, psicológica o educativa cuando sea necesaria.
