Alegría intensa y juego que se pasa de vueltas

Se le ve tan feliz que ya sé que esto va a terminar en desastre.

No siempre empieza con llanto. A veces empieza riéndose tanto que el adulto tarda en darse cuenta de que la escena ya no sabe frenar.

Página real de Niños sensibles: Rutinas que ayudan sobre rutinas, juego y acompañamiento

Esta me costó bastante verla porque llega disfrazada de algo que ningún padre quiere cortar: felicidad. Se ríe, juega, está encantado. Y tú piensas “por fin una escena fácil”. Cinco minutos después ya vas detrás intentando entender en qué momento la broma dejó de ser broma y empezó a devorarlo todo.

La risa cambia antes de que cambie la escena.

Con Ángel fui aprendiendo a notar una risa que se aceleraba. La broma se repetía otra vez aunque ya no hiciera falta. El cuerpo se adelantaba. Escuchaba menos. No era que de repente estuviera enfadado. Seguía feliz, pero la alegría había perdido el freno.

En público se ve todavía más raro.

Una de esas escenas me pasó haciendo la compra. Empezó golpeando mi chaqueta como broma. Suave, con risa. Le pedí que parara y volvió. Otra vez. La gracia ya no necesitaba que yo me riera; se alimentaba sola. Y ahí aparece el dilema del adulto: no quiero apagarle la alegría, pero tampoco puedo dejar que mi chaqueta se convierta en deporte olímpico.

El problema no es reírse mucho.

La pregunta es si puede parar cuando el otro ya no quiere. Si puede cambiar de juego. Si escucha un límite. Si la risa tiene pausas. Si puede volver. Una emoción agradable también puede necesitar ayuda cuando el cuerpo ya va por delante.

Cuando ya va lanzado, el discurso llega tarde.

En esas escenas explicar cinco minutos qué significa respetar al otro tiene una utilidad bastante decorativa. A mí me ayudaba más un borde corto: parar físicamente la repetición sin hacer daño, pocas palabras y esperar a que volviera alguien capaz de escuchar.

Bajar no es castigar la alegría.

No quiero un niño menos feliz. Quiero que pueda disfrutar sin hacerse daño, sin pasar por encima de los demás y sin que cada momento bonito termine en caída libre. A veces acompañar una emoción también significa ayudarla a encontrar salida antes de que se rompa.

Quédate con esto.

Si reconoces esa risa que pasa de bonita a acelerada, no esperes siempre al llanto para intervenir. Mira repetición, cuerpo, capacidad de escuchar y de parar. Poner un borde a tiempo no apaga la alegría; puede salvarla.

No hace falta arreglar toda la infancia esta tarde.

Empieza por la escena que más se parece a la de casa y sigue tirando del hilo desde ahí.

Ver todos los artículos