Mañanas, órdenes y ese reloj que nunca colabora

El calcetín, el dibujo y el sexto “venga”.

Se había levantado bien. Incluso habíamos estado jugando. El problema apareció, como tantas veces, justo cuando ya no quedaba tiempo para que apareciera nada.

Niño sentado en el suelo poniéndose los calcetines junto a una mochila preparada para salir

Hay mañanas que empiezan estupendamente y se tuercen a tres metros de la puerta. Esa era una de ellas. Habíamos tenido tiempo. Habíamos jugado. Yo incluso podía permitirme pensar que hoy íbamos bien, que es exactamente el pensamiento que suele invocar al demonio doméstico de las 8:37.

El problema no empezó cuando dije “venga”. Empezó bastante antes.

Vestirse con mi hijo no siempre era simplemente ponerse ropa. A veces el calcetín no encontraba el pie porque el pie estaba muy ocupado escondiéndose. Otras veces aparecía un muñeco, una historia que venía de la noche anterior o una idea que necesitaba existir antes de que el mundo pudiera continuar.

Y yo, mientras tanto, veía otra película: mochila, desayuno, llaves, colegio y el reloj avanzando con esa serenidad insultante que tienen los relojes cuando tú vas tarde.

Entonces llega la obra maestra: repetir lo mismo esperando un resultado distinto.

“Venga.” Luego otro “venga”. Después uno con nombre y apellido. Más tarde el “te lo he dicho ya”. Finalmente aparece el tono que todos conocemos y que, por algún motivo, esperamos que active una función secreta llamada obediencia inmediata con remordimiento incorporado.

No lo hacía para fastidiarme. Tampoco era cuestión de dejarle media mañana para ponerse un calcetín. El problema era que yo estaba intentando mover de golpe una mañana que para él iba por piezas.

La escena que más me enseñó fue la idea imprescindible justo al salir.

Puede ser un dibujo, una bola de plastilina, un muñeco que se ha quedado dentro o algo que cinco minutos antes no parecía existir. Tú ya has cerrado la puerta. Él lo recuerda. Y de repente aquello tiene categoría de documentación diplomática.

Mi primera reacción era explicar: “ahora no”, “vamos tarde”, “luego lo haces”, “ya te lo había dicho”. Todo cierto. Y aun así cada frase podía añadir otra rama a una discusión que ya no necesitaba más ramas.

Lo que empecé a cambiar fue menos espectacular de lo que me habría gustado.

Una cosa cada vez. Si todavía estaba con la ropa, la mañana era la ropa. No la ropa, el desayuno, la mochila, los dientes y el futuro académico del niño en la misma frase.

Si aparecía algo pequeño que podía cerrarse en treinta segundos sin desmontar el plan, a veces dejaba que lo cerrara. Si no podía, lo dejábamos visible para después. Y cuando tocaba salir, tocaba salir. No hacía falta que estuviera de acuerdo con mi magnífica gestión del tiempo.

¿Funcionó siempre? Claro que no. Esto es una casa, no una demostración de YouTube.

Hubo mañanas en las que el juego ayudó y otras en las que lo aceleró más. Días en los que una broma con el calcetín abrió la puerta y días en los que lo que tocaba era ayudar más y hablar menos. Lo que cambió fue que dejé de medir toda la escena por cuántas veces había repetido la orden.

Si la única forma de que una instrucción exista es gritarla en la sexta repetición, sin querer estamos enseñando que las cinco primeras son música ambiental. Esa parte sí podía cambiarla yo.

Una nota importante.

Si hay riesgo de daño, autolesiones, pérdida de habilidades, crisis muy frecuentes o una situación que desborda a la familia de forma continuada, esto deja de ser material para un artículo y conviene buscar orientación profesional.

No hace falta hacer un máster esta noche.

Empieza por lo que os pasó esta semana. Si te suena demasiado, ya tenemos por dónde tirar.

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